sábado, 5 de marzo de 2016

Blacyipblus - Daniel Frini


Érase una vez una oveja negra y de ojos claros. Pañuelo de seda al cuello; minifalda roja y medias de red. Fumaba mentolados en boquilla larga. Acostumbraba a abanicar las volutas de humo con una sola caída de sus pestañas kilométricas. Los ovejos estaban turulecos. 
Una tarde de julio, a eso de las seis, vino el lobo. Mercedes descapotable, anteojos oscuros, melena al viento, hocico con bronceado caribe. La oveja negra se fue con él sin decir adónde ni mirar atrás. 
Este podría ser el fin, pero no. 
Los ovejos no soportaron el dolor de la pérdida. Por esa época escribieron los mejores poemas de desamor y compusieron los blues más desgarradores, casi como Ma Rainey cantando Deep Moaning Blues. Once ovejos se suicidaron, aunque se sabe que, en el rebaño, «once» es otra manera de decir muchos. 
Este podría ser el fin, pero no. 
La oveja y el lobo se instalaron en la gran ciudad. Llevaron una vida glamorosa y fascinante. Fueron fotos en tapas de revistas, desde donde reglaban la moda; y hechizaron a la audiencia de livings elegantes de la televisión. 
Sin embargo, un tiempo después, el lobo adujo cierta necesidad de comprar cigarrillos y se fugó con Caperucita. La oveja lo esperó los días exactos que demoró en darse a la bebida. Un año más tarde, murió de frío en la calle, a no más de una cuadra y media del Caesars Palace. Nadie la reconoció. La enterraron en una tumba sin nombre en el Cementerio del Sur. 
Este podría ser el fin, pero no. 
Entre los ovejos, la oveja negra se convirtió en leyenda. Su eclipse se tradujo en viajes al Oriente; en fobia a las personas y reclusión en un penthouse de Bruselas; en un accidente de aviación cuando llegaba a esquiar en las pistas de Aspen. Su sonrisa sesgada se hizo cada vez más oblicua; sus dientes blancos brillaron más al pasar de una generación a otra; sus ojos son, ahora, casi transparentes. 
Hoy, los ovejos la recuerdan como quien evoca a Greta Garbo. 
Este podría ser el fin, pero no. Aunque no sé cómo sigue.

Acerca del autor:
Daniel Frini

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