miércoles, 30 de marzo de 2016

Ciclo de venganzas – Sergio Gaut vel Hartman


Franz Kafka despertó convertido en un monstruoso escarabajo; la venganza de Gregor Samsa se había consumado. Y no solo esa. Ahí estaban también Ernest Hemingway, recostado contra una pared, borracho, tratando de calzarse unos zapatos de bebé demasiado pequeños; Huang Tsu aleteando como loco contra el vidrio de la ventana, y el dinosaurio, devorando a dentelladas muy poco escrupulosas al mismísimo Augusto Monterroso. Llorando amargamente, Kafka añoró sus épocas de escritor, cuando sufría sin medida y eso lo llenaba de felicidad. En fin, reflexionó, hay que resignarse, sacar lo bueno de lo mano, como escribió alguna vez Robert Penn Warren. De pronto su olfato detectó algo que no esperaba. ¡Maravilloso! El dinosaurio y él serían grandes amigos. Se acercó al gigantesco animal y dijo carraspeando:
—Perdón, ¿me permite?
—Es toda suya —respondió el dinosaurio. Kafka sonrió; era muy pesada, pero el esfuerzo valdría la pena. Empezó a empujar.


Acerca del autor:
Sergio Gaut vel Hartman

Una de perros - Héctor Chavarría


Desde chilpayatli soñó con tener barbas, para parecerse a don Hernán en vez de a Juan Diego, porque il pobri, era más indioqu`il neutli. Aunque tuviera nombre de arcángel.
Al llegar a la adolescencia, una noche de luna llena y en la borrachera del cóctel de hormonas, descubrió con felicidad su incipiente licantropía.
¡Al fin tendría pelos! ¡Sería hirsuto de cuerpo completo! ¡Qué maravilla! Pobre…
Olvidó que sus raíces caninas ya no estaban emparentadas con el loberro mesoamericanus y menos con el canis lupus, ni siquiera con el canis familiaris o el pupis vulgaris, sino que al paso del tiempo había devenido en xoloitzcuintle o sea…
Resultó ser un licántropus Salinus: sin pelo.
Y, al dejarse crecer el que tenía, con un notable parecido a Rigo Tovar…

Acerca del autor:

Círculo vicioso – João Ventura


Sentí un placer intenso cuando lo vi. Un cuerpo escultural, uñas de color rojo, un escote generoso, era la imagen perfecta de la seductora entrado al bar cuando terminaba la tarde.
Leo estas líneas escritas, y vuelvo a escribirlas, una y otra y otra y otra vez todavía. Una parte de la terapia a la que me condenó el tribunal, es recordar continuamente el comienzo de los acontecimientos que me llevaron a torturar y matar a esa mujer.
Mientras escribo, me imagino el festejo que haré el día que salga del hospital: volver a aquel bar, sentarme junto a la barra, pedir una cerveza y esperar... esperar a que aparezca una mujer que me lleve a empezar todo de nuevo...

Acerca del autor:

Traducido del portugués por Sergio Gaut vel Hartman

Despavorido - Héctor Ranea


Salió del campanario hecho un alma en pena, pobre. Volaba primero en círculos verticales rizando el rizo, luego no resistió la tentación y se hizo triángulo obtusángulo, cada lado pintado de rojo como los estambres del azafrán, pero la luz que reflejó la cerradura del libro que le permitió volar le hizo de pedúnculo de vidrio y poco después se desplomó contra el granitullo azul plateado de la plaza. Acomodó las plumas pegadas a las alas de cuero, leyó otra vez el acertijo en la palma de sus manos ensangrentadas e intentó salir de ahí. No contó con la gente que, asustada, empezó a apedrearlo y, claro, con tanto peso no pudo volar.

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Aprendiz de brujo - Fernando Andrés Puga


Y sí, todavía le falta dijo el maestro mientras apoyaba el cucharón sobre la mesada luego de catar el brebaje—. Vas a tener que dejarla hervir un buen rato.
Pero si la puse en el caldero hace más de... una hora. ¿Puede ser que tarde tanto en cocinarse?
¡Por supuesto! Algunas ideas tardan hasta tres horas en ablandarse. Y acordate que no tenés que parar de revolver.
Resignado, tomé el cucharón y proseguí con la tarea. ¡Jamás hubiera imaginado que mi incredulidad iba a resultar tan dura!

Acerca del autor:

viernes, 25 de marzo de 2016

Pedido de Mano - Adriana Alarco de Zadra


Cada vez que se inauguraba un parque o un monumento en la pequeña ciudad andina, se hacía el pedido de mano.
Los funcionarios municipales con traje de domingo, se acercaba a la casa de Ildemira Huapaya, con discursos pomposos y sollozos de las lloronas, a pedir la mano santa para bendecir todos los rincones de la ciudad, en especial el parque o el monumento en cuestión.
Ildemira salía, con ademán ceremonioso y manto bordado, a bendecir con agua bendita de la iglesia cercana, después de acercarse a la tumba de su abuela, fallecida en olor de santidad a la edad de 105 años. Luego de haber sacado la mano huesuda del cajón, desprendida por el pasar de los años, le ponía una ramita de ruda y una de romero entre los dedos que encerraba en los suyos y bendecía en la ciudad todo lo que necesitaba bendición a gritos.

Acerca de la autora:
Adriana Alarco de Zadra

Designio divino - Sergio Gaut vel Hartman



Gregor Samsa, resignado a vivir el resto de su vida como un monstruoso insecto, decidió matar las horas escribiendo microficciones. La primera de ellas empezaba así: "Un día desperté convertido en un bello escarabajo y me alegré al saber que Dios me había elegido para empujar barranca abajo a esa voluminosa bola de mierda que los arrogantes llaman 'especie humana'".

Acerca del autor:
Sergio Gaut vel Hartman

Simonsberg de Munich - Daniel Alcoba


Simonsberg siempre descreyó, no tanto por agnóstico cientificista, como por soberbia creativa. Adolescente, porque era hijo de un ingeniero de imagen y sonido, cambió la noche de Munich, proyectando sobre la atmósfera de la ciudad, convertida en gran pantalla más baja que las nubes, donde representó el cielo de la noche en que él naciera, diecisiete años antes. Con esa provocación pudo ahorrarse todo ese tiempo, ya que había puesto su calendario personal a cero justo allí, en la ciudad natal.
Los especialistas de guardia del observatorio astronómico se dieron cuenta del juego enseguida, igual que muchos aficionados a la cosmología y un par de astrólogos profesionales. Un gracioso había convertido la ciudad en planetario, podían aceptar y aún seguir la broma, después de todo más alegre que la bóveda encapotada y como incendiada por los reflejos de la luces urbanas en los cúmulo nimbos, que era el cielo sin proyección. Pero el ardor juvenil exagera, y Hans Simonsberg, futuro Piojo de Cronos, devoto de la luna, pero también desenfrenado, no pudo resistir la tentación de generar una segunda luna en su cielo de síntesis, menguante.
Ese firmamento con dos lunas hundió en la perplejidad a todos los muniquenses distraídos o ingenuos: aquello del par de lunas les recordaba algo ominoso; pero como convertir grandes superficies en planetarios tampoco era novedad, porque lo hacían las estrellas del rock en sus recitales desde hacía muchos decenios; cuando Hans Simonsberg acabó de izar el menguante desde la superficie del río, los muniqueses se cabrearon: abucheo multitudinario.
El ingeniero de imagen y sonido Franz Simonsberg supo de inmediato quien era el autor de aquel cielo, lo supo cuando los peatones y paseantes de la Karlsplat comenzaron a señalar, a comentar a gritos, a reprobar aquella segunda luna menguante que de pronto había surgido del agua del río para elevarse igual que si fuera un globo de helio o una gaviota de luz emergida del fondo del Isar. Y como lo supo de inmediato, ya no pudo seguir cortejando a la señora que paseaba el perrito de lanas por la plaza, porque temió que a su hijo le diera a su vez por pasear naves alienígenas, ángeles de la muerte, vacas con alas, o cuando menos pájaros aciagos por aquel cielo de síntesis; de manera que se despidió de la señora del perrito para buscar enseguida un helitaxi que lo llevase hasta el taller. Y en efecto, el autor de aquel cielo era su hijo Hans, a quien pudo sorprender en plena proyección.
Herr Franz Simonsberg dudaba entre azotar a su hijo, puesto que había empleado unos proyectores de prueba, unos prototipos cuya potencia y características técnicas ignoraba él mismo todavía porque ni siquiera los había retirado de los cajones de embalaje con sellos de Shanghai, o bien felicitarle por el arrebato de genio. Pero corría el mes de julio, aún quedaban al monstruo de Hans unos cuarenta y cinco días de vacaciones antes de regresar a la universidad Politécnica, y si Franz no ejercía con un cierto rigor su autoridad paterna, su hijo acabaría inventando algún artilugio que sumiera a los muniquenses más impresionables y desinformados en el pánico, o lo que es lo mismo, en eventuales desgracias indemnizables que podían deparar la ruina financiera a la familia. Además de las multas de hasta cinco mil tetradracmas que le aplicaría la secretaría de Obras y Servicios Públicos del mandarinato que ejercía Jun Hen Meh, por añadidura, presidente director general de la Chou Hen Lai Corporation.
Y entonces tuvo la mala idea de recluirlo en su propio laboratorio de imagen y sonido durante el resto de aquellas vacaciones, para que el joven ideara «un modo eficaz de devolver bien por el mal que había hecho». Y cuando el precoz reformador del cielo astral preguntó cuáles fueran esos males. Su padre le explicó que justo cuando estaba por llevarse a la cama a una señora que paseaba un perrito de lanas por la Karlplatz, subió por el lado del río la segunda luna, y la mujer, en vez de mirarle a él que estaba a punto de soltarle una frase de irresistible seducción, dio en un asombro y nerviosismo que se acentuaría al oír el abucheo general, ¿a quién reprueban? ¿eso es un globo que simula ser otra luna? ¡Pero si vi en las noticias que hoy toca luna nueva, y lo que se ve es una menguante y otra creciente! Y en segundo lugar, por supuesto, debía considerar que en la ciudad había aquel año, de acuerdo con las estadísticas de la confederación europea de mandarinatos, trescientos mil melancólicos, muchos de ellos acaso incapaces de resistir la maléfica sugestión de ese cielo.
Que en tercer lugar, no puede cambiarse así como así la imagen de la noche en una ciudad como Munich, sin una autorización de la secretaría de marras del mandarinato muniqués y el visto bueno de la autoridad administrativa y de seguridad que tiene jurisdicción en el espacio aéreo. Mañana los eunucos de guardia en la tesorería del mandarín Jun Hen Meh le darían en propia mano la intimación al pago de una multa de cinco mil tetradracmas.
Fue en este momento, cuando intentara consolar a su padre del fracaso con la señora del perrito de lanas, cuando El Piojo de Cronos formuló por primera vez, aunque de una manera del todo intuitiva, rudimentaria, inconsciente, lo que con los años llegaría a ser el Teorema de Bell –Simonsberg: «Padre, –dijo El Piojo de Cronos– si has tenido durante un instante a una mujer que se te entrega, siempre tendrás la posibilidad de que se vuelva a entregar en el futuro, a menos que cometas torpeza a la hora de cortejar... Si ella se dejó llevar un momento por el ensueño de entregarse a una ilusión, lo único que debemos hacer es reproducir dicho período y encauzar el tiempo espacio hacia el objetivo pretendido: llevar infinitamente (∞) a la señora del perrito a la cama; apartando al chucho todo lo posible.»


Acerca del autor:
Daniel Alcoba

Saturnina Seco - Ana María Caillet Bois


Mi nombre lo dice todo, me llamo Saturnina Seco y así esta mi corazón, seco, incapaz de sentir amor. Vivo sola, ¿será que la soledad se adueñó de mis sentimientos? Me olvidé de soñar; menudo trabajo me espera si quiero recuperar mis sueños. Pero sé que son deseos tontos; ya es tarde para mí. Se me fue la vida en la manía de la perfección, la casa limpia, la ropa impecable y también impecables pensamientos. Hoy me senté a mirar el afuera, el mundo, la gente que me rodea. Cuando encuentre mi sombra, que quedó prolija y almidonada en el cuarto de planchar, sé que lograré salir de la casa, pero por ahora es imposible, la muy ladina huye de mí y cuando aparezca estará sucia y arrugada, para que yo tenga que volver a empezar.

Acerca de la autora:

Etapas de un asesinato – Daniel Frini


Cuando Mr. McCormick llamó a su criado, éste le llevó el five o’clock tea, tal como hacía todos los días.
—Felicidades —dijo el sirviente—, se cumplen hoy tres mil veces que trato de matarlo con el té envenenado. Un récord que el Señor sabrá disfrutar.
—No lo crea usted —respondió McCormick—. Morí el tercer día en que me sirviera veneno. Sólo que mi digestión es lenta.

Acerca del autor:
Daniel Frini

martes, 22 de marzo de 2016

Enemigo - Jorge Ariel Madrazo


No lo ves, pero está. Se desliza hacia un costado, con ese brinquito. Y sin embargo. Tu mirada lo intuye con dificultad. Quién iba a imaginarse. No, no digas “pucha”, ni “mi dios”. Basta de quejas. Abrís la puerta, por si... Pero no. El asunto suena difícil. Ahora ¿no camina, eh, por el dormitorio?¿No saltó al espejo? Sin dudas. Te atrevés a alzar la vista hacia su óvalo alunado. Ahí está, frente a vos: tu Enemigo. Hasta se atreve, el muy canalla, a mirarte.

Acerca del autor
Jorge Ariel Madrazo

El muerto - Jorge Ariel Madrazo


Quiso aferrar el libro que alguien proponía a su mano: los dedos arañaron inútilmente el aire. Tampoco logró entender cuando, más tarde, al querer asir la cintura de la muchacha en medío de la algarabía, su brazo atravesó un hueco donde la joven desapareció, gritando su nombre. 
No duró mucho la tranquilidad que siguió al suceso: estaba en el jardín de su casa de campo. De pronto, un mensajero cruzó la vereda de lajas y, no bien estuvo ante él, le tendió el sobre lleno de sellos. “De parte del Almirantazgo”, ladró. Pretendió apresar aquel emblema, sin duda importante. Pero el sobre flotó en la brisa mientras sus brazos se agitaban en un intento, vano, de capturarlo. 
Derrumbado en su silla de ruedas, apenas si atinó a sospechar que esos episodios eran exactas premoniciones. Mientras los asesinos huían comprendió, con odiosa lentitud, que acababa de morir.

Acerca del autor:
Jorge Ariel Madrazo

Cosa’e Mandinga - Jorge Ariel Madrazo


Tanto poder. Y para qué. Si ella, la diabólica, no lo amaba.
Dijo: “Deshágase el cielo”. Y se deshizo.
Y tanto sol, ¿para qué?
Ordenó: “Apáguese el Sol”.
De pronto: la súbita noche absoluta. El hielo helándolo todo. El diablo se congelaba.
Quiso rogar: “Hágase el fuego…”. Pero el frío lo paralizó.
Se oyó, arriba, la burla del Gran Lamparero : “¿Queriendo imitarme, eh? Ahora, a bancársela”.
Satán comprendió que debía resolver de otro modo sus problemas de pareja.

Acerca del autor:

Mientras él sueña - Jorge Ariel Madrazo


Mientras él sueña, guiños de automóviles esparcen estelas cegadoras sobre el puente (dorado) de su mente. ¿Galopan esas luces hacia el río? ¿Acuden a un Llamado que él no oyó? Esas luces ¿sabrían acaso transmutarse en marea de elefantes bramadores? ¿O, por curioso capricho o azar, serénanse esos autos, esas luces, y han de ser góndolas dentro del alma de aquél que sueña para Nunca, Jamás, despertar?

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La calle más boluda del mundo – Jorge Ariel Madrazo


Estos grandulones ahora arrastran los pies para levantar de pronto uno de los zapatos con un chasquido y elevarlo y patear una bolsa de basura con gato y todo y enviarla a un kilómetro entre risotadas gritos ché boludo vení boludo dos de ellos se dirigen en un trotecito hasta la pared se ponen a mear comparan la dimensi¢n de sus vectores amagan toquetear a la mujer que camina la misma vereda y que finge no verlos y en eso desde las cornisas llovizna aquel tizne aquel carbón en gotas mugrosas aquella desolación plomiza del Once. Estos grandulones gritan uugh ante las fotos del cine porno y de repente: la más tetona de esas imágenes exfemeninas se descuelga por la pared, a riesgo de rasgar la bombachita de seda cuyo borde superior se le acampana en la cintura como una corola renegrida, tan brillante, y les cecea a los grandulones absortos: ¿quién es de vosotros, chavales, el más machito y bien puesto? (probable origen hispánico, adviértase, de la criatura).
Estos grandulones escapan de la dulce criatura cruzan a toda carrera casi se tiran bajo el auto que debió frenar y casi estrellarse contra un farol de la plaza, a toda carrera acuden estos grandulones a las videomaquinitas de la estación, vení boludo no seas boludo andá  boludo de dónde salió esa mina ma qué mina era un vagón te arrugaste todo las minas no existen boludo son un mito (esto lo dice -a si mismo- el borracho vuelto un amasijo en la mesita sobre la vereda; el mismo borracho que se responde: cómo un mito, el mito sos vos, boludo).
Plaza Once gris-muerte alfombrada de boludos, con ese boludo monumento mortuorio, el más boludo que concebirse pueda, consagrado a un mulato boludo que después, encima, invistió nombre de calle. La más larga y boluda del mundo.

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